“CONTROL+Z no está disponible.” Sofía Jack

“CONTROL+Z no está disponible.” Sofía Jack

Máquinas hacia el cielo

Elena Vozmediano

 

Deus ex machina. En el teatro griego, los dioses aparecían a menudo en el escenario, transportados por una grúa, para resolver un nudo en la acción terrenal. Una estrategia que puede servirnos para hilar una trama en esta“representación” que hace Sofía Jack de las complejidades de la modernidad: la máquina que da paso al dios… o a los cielos.

Sofía Jack tiene un ojo muy fino para escudriñar los conflictos y las sutilezas de la modernidad artística, arquitectónica y tecnológica que nos ha traído hasta aquí, y los procesos mentales y materiales que pone en funcionamiento para expresar esos tornasoles son igualmente refinados. Es una artista que se interesa en profundidad por asuntos que importan, oponiéndose a la confusión y a la pereza intelectual. Al espectador que no conozca bien su personalidad y su trayectoria ésta podría parecerle en algunos momentos inconexa, por la diversidad de temas y de técnicas, pero existe una coherencia de fondo que, en esta exposición, pretendo poner de relieve: ¿qué podrían tener en común un pintor suprematista, el Pixel Art, unas máquinas obsoletas y una casa perfecta de los años veinte en la Costa Azul? Exploremos algunas posibilidades.

La máquina suprematista

Antes de la abstracción y antes de los campesinos geometrizados, Kazimir Malévich atravesó una etapa postimpresionista, con obras cercanas al puntillismo (datadas la mayoría en 1906), y otra cubo-futurista. Pero su gran entrada en la historia del arte se produce cuando participa en 0.10: La última exposición futurista de pintura, en diciembre de 1915 – se cumple su centenario–, en Petrogrado. Era una colectiva sobre el “grado cero” de la pintura que iban a integrar diez artistas – fueron finalmente catorce– en la que la propuesta más radical fue la de Malévich, quien en los meses previos, en soledad, había puesto las bases del suprematismo y de los posteriores movimientos constructivistas. El “cero” de Malévich no equivale a la nada sino al infinito, es trascendente y cósmico; el cuadrado negro de 1915 es el “eclipse total”.

Poco después formularía una utopía sideral protagonizada por la máquina suprematista:“cada cuerpo suprematista construido se incluirá en una organización natural y formará un nuevo sputnik; sólo es preciso encontrar la relación entre dos cuerpos que se mueven en el espacio. Es posible construir un nuevo sputnik entre la Tierra y la Luna, un sputnik suprematista equipado con todos los elementos que se mueva en una órbita, trazando su propio camino”. Imaginaba una máquina perfecta en un universo perfecto.

Sofía Jack no es una artista de respuestas sino de preguntas y ha querido reelaborar los primeros cuadros suprematistas de Malévich con herramientas de hoy para comprobar si sus obras “aguantaban” la traducción. Ha transcrito las composiciones vanguardistas mediante Hamabeads, un juego para crear imágenes yuxtaponiendo pequeños cilindros de plástico de colores que quedan fusionados por aplicación de calor. No es ninguna novedad: se inventaron en 1958 en Suecia, comercializados inicialmente por la marca Nabbi –Hama es otra de las que los producen–, y a principios de los sesenta empezaron a ser usados para dibujar figuras, como terapia en asilos de ancianos. Hoy tiene mucho éxito no solo entre los niños sino también entre los fans de los videojuegos, pues recrean con ellos los ya arcaicos héroes de los primeros que se popularizaron. En 2005, la empresa Munkplast/Nabbi presentó el software PhotoPearls, que convertía las fotografías digitales en plantillas para losbeads. Pero Sofía Jack ha preferido introducir el “modo manual” en el procedimiento de conversión; partiendo de una primera pixelación de los cuadros ha supervisado cada línea quebrada, tomando decisiones individualizadas que pretendían –infructuosamente, ella lo sabe–mantener las tensiones, los pesos y los equilibrios de las áreas geométricas de color en Malévich. Todo esto se puede relacionar con el Pixel Art, el cual, salvando todas las distancias, ¿no es una forma de puntillismo? ¿Hasta qué punto esa reactualización-traducción de Malévich es una traición? ¿Le hace avanzar hacia nuestro futuro o retroceder hacia su pasado pictórico? Y, por otra parte, ¿qué pensaría él, con su intensa querencia cósmica, sobre el hiperespacio digital en el que orbitan hoy sus obras? El ordenador es también una máquina que se abre a “los cielos”.

Big Bang

Seguramente lo sabrán ya: Sofía Jack es una magnífica dibujante. Capaz de conseguir un “realismo fotográfico” que no es su objetivo; le interesa la posibilidad de generar atmósferas mediante la clásica técnica del carboncillo, con las que no sólo calibra las densidades del aire sino también las de las ideas y los afectos que flotan en él y que impregnan los espacios y las cosas que representa. En esta sala de máquinas a la que nos invita no encontramos la maquinaria futurista de las vanguardias sino máquinas… inventemos una palabra: preteristas. La fábrica de finales del siglo XIX con cilindros y poleas sin función identificada interesa a Sofía Jack como imagen del orden en el caos. Sorprende, sobre todo, la ornamentación de las máquinas con cabezas de un hombre con gola, probablemente emblema de la marca, que subraya el componente estético en estos dibujos. Al poner éste al lado de otros que retratan máquinas de tecnología más avanzada se contagia de un carácter que me parece detectar en todas, más allá de lo declarado por la artista, que ve en ellas algo subjetivo y orgánico: ¿son máquinas para el conocimiento? Reaparece aquí la computación arcaica, en esa sala de control que quizá estuvo en un centro de investigación de energía nuclear de los años setenta.

Perder el control es lo que provocó uno de los tropezones más violentos en la carrera espacial: la explosión del Challenger, “una imagen – en palabras de la artista– de gran belleza y energía desbordante dirigida al cielo”. El título de esta exposición, CONTROL + Z no está disponible, hace referencia a la imposibilidad de deshacer una acción. Así ocurre en el dibujo manual, en el que, aunque es posible borrar, siempre queda una huella e incluso puede echarse a perder todo el trabajo previo. El humo que envuelve a la irreparable pérdida del transbordador espacial Challenger convierte en evento estético el fin temporal de una utopía. Atravesar los cielos… como ese Avión volando de la composición suprematista de Malévich que figura entre las obras aquí reinterpretadas.

De los misterios de la primera gran explosión espacial, el Big Bang, y de la puesta en marcha de los cuerpos que se mueven en el espacio se ocupan los científicos que diseñaron el Gran Colisionador de Hadrones en la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN), una inmensa “máquina bala”, como la describe Sofía Jack. El principio de los tiempos se ha asociado al principio de la modernidad artística; escuchen a los rusos Komar&Melamid: “El Cuadrado negro de Malévich es, en sí mismo, un símbolo de la ruptura radical con la tradición pictórica anterior y de un nuevo “comienzo absoluto” del arte moderno. El Cuadrado negro representa el moderno Big Bang precisamente porque una forma geométrica no puede tener ancestros ni antecedentes debido a su eternidad e inmutabilidad”. El túnel del CERN apunta a esa esquina en la que, como se acostumbraba a hacer en las casas rusas con los iconos, Malévich colgó su Cuadrado negro en 1915.

 

Una casa en el cielo

E-1027. E por Eileen, 10 por la inicial del nombre de su amante, 2 por la de su apellido, y 7 por la de Gray. Eileen Gray, famosa diseñadora de muebles de lujo y experta en lacados, diseñó la casa para vivir allí con Jean Badovici, que era arquitecto y editor de L’AchitectureVivante. Situada en Roquebrune-Cap-Martin, junto a Mónaco, se terminó en 1929, y es hoy valorada como una joya de la arquitectura moderna en la que cada detalle fue diseñado para ser vivido en armonía. Algunos de los muebles más celebrados de Eileen Gray los inventó para esa casa, como el sofáTransaty la mesa tubular E-1027. Apenas hizo otros proyectos arquitectónicos y, aun así, éste se convirtió en un icono. Y en un caso de vulneración de los derechos morales del artista: Le Corbusier, quizá celoso y desde luego malicioso, se atrevió a romper esa armonía con unos murales propios –y qué poco interés tiene en general su pintura– que pintó en ausencia de la diseñadora. Le Corbusier hizo suya la casa E-1027 y lo mismo ha hecho Sofía Jack, pero con muchísimo más respeto y uniéndose a Eileen Gray en su crítica al concepto de vivienda que aquél defendía: la casa como “máquina de habitar”.

La casa, responden Gray y Jack, es un espacio para vivir y sentir. Allí ha llevado ésta, virtualmente, a sus seres queridos, que disfrutan de la sabiduría para la felicidad habitacional de la arquitecta. Sofía Jack ha estudiado cada rincón de la casa y la ha vuelto a levantar combinado el dibujo digital en tres dimensiones y la integración de las figuras mediante fotografía digital, uniformizando texturas y tonalidades. La característica más señalada de la casa E-1027 es su apertura al paisaje, pues está llena de elementos móviles que permiten la mejor relación, en cada estación y en cada hora, con el sol, el viento y el mar. No una máquina de habitar sino una extensión de la experiencia, una máquina de conexión de los cuerpos con la luz y con el aire, con el cielo.

También Malévich fue arquitecto ocasional. Sus maquetas, que llamó architectons, fueron bautizadas con las letras del alfabeto griego, que son usadas igualmente para las estrellas en los mapas del cielo. Escribió sobre la materia, por ejemplo, en el artículo “La pintura y el problema de la arquitectura”, de 1928, en el que decía: “No pretendo decir que la nueva arquitectura occidental sea suprematista pero puedo afirmar que sigue la senda arquitectónica suprematista. Se pueden encontrar ejemplos característicos en las obras de artistas-arquitectos como Theo van Doesburg, Le Corbusier, Gerrit Rietveld, Walter Gropius, Arthur Korn et al. Eileen Gray estaba en esa fecha construyendo su casa que, aunque tiene rasgos muy personales, usa recursos de la arquitectura moderna como los pilotis de Le Corbusier. Pero conocía asimismo la modernidad pictórica y, sin duda, la obra de Malévich; basó algún diseño suyo, como la planta de la villa Tempe à Pailla o la alfombra Castellar, en la geometría suprematista. Malévich, que también supo deshacer la arquitectura en el paisaje–en la etapa puntillista, uno de los motivos preferidos es el de una casa en un bosque que se fusionan visualmente–, la habría seguramente considerado una artista-arquitecta.

De 0:10 a E-1027. Letras y números. Tengo que preguntarle a Sofía Jack por qué a la casa ideal que ella habitó mediante el dibujo, en una serie anterior, le puso por nombre B-300.

 

 

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